sábado, 21 de noviembre de 2015

Tres segundos...


En un abrir y cerrar de ojos… así comenzó todo. Unos minutos después, una estruendosa explosión, cuya magnitud bien podría superar un Terahercios…

Sin poder evadir su estupefacción, tan rápido como sus torpes y rollizas piernas le permitieron…, Andrés se dirigió hacia la ventana de su dormitorio. Su mente y él, no podían dar crédito a lo que tras el cristal se podía vislumbrar y llevándose las manos a la cabeza, se quedó petrificado al contemplar cómo rayos y centellas salían del agrietado y humeante asfalto; del cielo, caían todo tipo de objetos; en la tierra, eran devorados los coches, edificios, personas y todo aquello que hasta el suelo llegaba… Al cabo de un tiempo, impreciso para su consciencia, pudo alzar la vista hacia el cielo y al ver lo que se le venía encima, de manera escéptica, trató de autoconvencerse: «No es posible lo que ven mis ojos», los abrió y cerró reiteradas veces sin salir de su asombro. Intentó en vano apartarse de la trayectoria de aquel enorme morlaco que, vestido de faralaes y peineta, por segundos iba aumentando la velocidad y el tamaño. Un segundo antes de sentir el impacto y el peso «Ya no sé si es un toro o un elefante» -pensó.

Su ritmo cardiaco aumentaba tan rápido o más que aquello negro, grande y confuso que vertiginosamente se iba acercando; por su frente, de manera precipitada emanaban nerviosas y humeantes como las gotas del rocío al amanecer... Instintivamente y tan rápido como un haz de luz, Andrés se llevó de nuevo las manos a la cabeza: «Pobre de mí Señor, no sé qué más puedo hacer», se dijo para sí mismo, dándose por perdido.

Tras recibir el desmesurado impacto, durante un tiempo incierto, al recobrar la consciencia sintió: el peso del morlaco; el desasosiego por la supervivencia de su precipitado corazón, que latía con más velocidad y sonoridad que el Ave en el trayecto Madrid- Barcelona.

Aturdido por la oscuridad, la desesperanza y el incesante ruido a su alrededor, no podía dar crédito: «Pienso, luego existo», no entendía el porqué de su inmovilidad ni la quietud a su alrededor «lo importante es que estoy vivo» -se dijo a sí mismo tratando de serenarse.

Por un tiempo indescifrable…, Andrés dejó de percibir aquellas incomodas y extrañas sensaciones…Poco después, recuperó el tacto al notar que algo húmedo, áspero y cálido a la vez se deslizaba por entre los dedos de su mano derecha; un segundo después, el oído, al escuchar el estridente, tornadizo y salmodiado ladrido. Tres segundos…, ese fue el tiempo que necesitó para asimilar y comprender que la húmeda, cálida y áspera sensación percibida entre sus dedos, así como la procedencia de los continuos, escandalosos y lastimeros aullidos, todo ello provenía de Ortxa su fiel e inseparable podenca. La cual, al observar que su dueño permanecía sentado frente al ordenador con la cabeza reclinada sobre el escritorio, y que los brazos de este pendían paralelos e inmóviles hacia el suelo, reposados sobre las asas del sillón, alarmada, incluso más si cabe, por el preocupante sonido que emitían los latidos del intrépido corazón de su amo… trataba por todos los medios de despertarlo.


Una vez que Andrés logró situarse en la realidad y reducir su ritmo cardíaco: «Ven aquí bonita»—le dijo y, cuando la tuvo a su alcance, la estrechó fuertemente entre sus brazos: «No sabes de la que me ha librado» —pensó y, tras depositarla en el suelo, Ortxa comenzó igual que un torbellino a hipar, saltar y ladrar; pero en esta ocasión el motivo era de júbilo…




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