martes, 2 de agosto de 2016

Capítulo III Episodio 10, Vidas Truncadas


Viernes, 28 de junio de 1985, sobre las diez de la mañana, apareció el camión encargado de suministrar las bebidas. En el interior del local, Teresa y José daban los últimos retoques de limpieza a los botelleros, vasos, copas y demás utensilios. Al escuchar los bocinazos que el repartidor efectuó al aparcar junto al club, Antonio salió a su encuentro y, tras saludarse mutuamente, abrió las dos hojas de la puerta de par en par para facilitarle la tarea al experimentado distribuidor y, una vez descargado y comprobado que la mercancía coincidía con lo encargado y abonado el día anterior en un almacén de cervezas, refrescos, vinos y licores de Plasencia, se despidieron con un: «Bueno, hasta la próxima entonces».
   Antonio, Teresa y José aprovecharon la ocasión para descansar un poco, fumarse un par de cigarros y, posteriormente, prosiguieron rellenando los botelleros, colocando los licores sobre las estanterías y guardando el resto del pedido en un pequeño habitáculo que haría las veces de almacén.
   A eso de las dos y cuarto, Teresa puso en funcionamiento el equipo de música, y embelesados contemplaron la transformación del local: parecía como si este hubiese recobrado vida propia. La placentera sensación, propició que aumentase en ellos la necesidad de reponer fuerzas; pero a diferencia de los días anteriores, en esta ocasión no tendrían que sentarse en el suelo para comer, ni tomar la bebida caliente.
   A las cinco y media, Antonio se desplazó hasta la ciudad para recoger a las chicas, entre tanto José y Teresa optaron por descansar.
   Hora y media después regresaron y, mientras Antonio terminaba de estacionar el vehículo, las chicas se adentraron en el local.
   —¿Os apetece tomar algo chicas? —consultó Teresa.
   Mª Manuela asintió haciéndose la interesante.
   —Pa mí ya sabes, un güisquito solo, con tres yelos.
   La China esbozó una sonrisa.
   —Bacardí con cola —dijo sin más.
  Teresa dirigió la mirada hacia el otro extremo de la barra.
   —¿Y tú, Isabel?
   La Legionaria estaba totalmente abstraída junto al aseo de señoras.
   —¿Cómo dices?
   Teresa torció el gesto y elevó un tono su voz.
   —¿Qué si te apetece una copa ahora?
   La consultada negó un par de veces con la cabeza.
   —Déjalo para más tarde, ya te diré cuando me apetezca.
   Mientras que la encargada de atender la barra se dispuso a preparar los combinados, las tres Marías se fueron a cambiar de indumentaria. Al retornar estas, coincidiendo con el cambio de luces, padre e hijo observaron que, además de transformación de la estancia, el aligeramiento de ropa, el maquillaje y la purpúrea luz hicieron resaltar aún más la belleza de las féminas.
  Una hora después, con los nervios a flor de piel, esperaban que apareciese el primer cliente; pero el anhelo se iba postergando y el desánimo se hizo presente.  Antonio se asomó un par de veces al exterior:
   —¡Venga chicas!, la casa os invita a otra copita —exclamó Teresa, tratando de animar un poco al personal, aunque la verdad, es que de poco sirvió.
   Dieron las nueve, las nueve y media y la noche seguía igual… hasta que, a eso de las diez y cuarto, cuando el astro rey sucumbió y dio paso a la oscuridad vespertina, les pareció escuchar cómo se aproximaba y cesaba de repente el ruido de un motor y cómo, un par de segundos después, tras el silencio, se escuchó un sonido metálico. El corazón de los que estaban en el interior del local iba aumentando su ritmo vertiginosamente al tiempo que sus miradas estaban todas dirigidas hacia el mismo sitio: la puerta de entrada o salida, según desde el lado en que se esté situado con respecto a esta.
   —Hola buenas noches —saludó tímidamente con voz grave y tono intermedio un hombre bajito y regordete, de unos cuarenta años. El mismo que, al sentirse observado, se acercaba hasta el mostrador hecho un manojo de nervios.
   —Hola —respondieron casi todos a la par.
   —Hola, buenas noches —repitió Teresa, situándose frente a él—, ¿qué va usted a tomar?
   El recién llegado notó un nudo en la garganta.
   —Una cerveza —dijo después de tragar saliva.
   —¿Se la pongo en vaso?
   Los nervios del cliente se hicieron visibles en una ligera e involuntaria sonrisa.
   —No, no hace farta.
   Teresa extrajo el botellín del refrigerador, le pasó por un paño para quitarle la humedad exterior, lo apoyó sobre el botellero para retirar la parte metálica del envase con un abridor de mano, cogió una servilleta de papel del dispensador para envolver el cuello del botellín e introdujo el sobrante en la boca de la botella: con el fin de que el cliente lo utilizase para limpiar la embocadura antes de llevársela a sus labios.
   Un rato después, entre sorbo y sorbo escudriñó de arriba abajo cada rincón del local.
   —Hay que vé lo cá cambiao este sitio —dijo al cabo de un rato, tras la minuciosa observación—, pa mejól, claro está.
   Teresa observó el ademán que hizo este al echarse la mano hacía atrás e intuyendo que se disponía a pagar para marcharse, abrió el botellero, sacó otra cerveza y, tras ejecutar los mismos pasos que con la anterior, la puso en frente del cliente.
   Él hizo el ademán de stop llevando la mano hacia la botella.
   —No, no —advirtió—. Solo voy a tomal una.
  Teresa le dedicó una expresiva mirada.
   —No se preocupe amigo, esta va por cuenta de la casa, por ser usted el primer cliente.
   —Gracias —dijo exhibiendo una tímida sonrisa.
   Fuera se detuvo otro vehículo frente a la puerta y, tras detener el motor, se escucharon varios sonidos metálicos. Unos segundos después, cuatro labradores se adentraron en el local y, así, poco a poco, durante la noche, fueron apareciendo por allí varios hombres con deseos de satisfacer alguna que otra necesidad; unos, a tomar una copa y ver que había por allí; otros, a tomar una copa y curiosear sin más; y el resto, para permitirse echar un trago, disfrutar de la música y de la compañía de las meretrices...

La semana cursó rápidamente y la clientela había ido en aumento a medida que pasaban los días. El fin de semana se presentó muy concurrido y tanto la asistencia como las ganancias superaron con creces cualquier previsión.
   Al observar que los resultados eran incluso mejor de lo esperado en un principio por la pareja, Antonio comunicó a Huberto que se fuera buscando un sustituto, ya que tenía pensado cesar del cargo en un par de semanas o tres como mucho y que el motivo real no era otro que el de atender su propio negocio. Huberto, no solo le entendió, sino que además le felicitó por ser un hombre de palabra.
   Con el paso de los meses y los viajes realizados, una noche, el R6 se negó a seguir en activo y les obligó a tener que dormir en el local, ya que a esas horas no había posibilidad de acceder a ningún teléfono público y, a pesar de que los móviles estaban comenzando a popularizarse, la pareja aún no contaban con aparato alguno.

   Regresaron a Plasencia a media mañana, después de que Antonio, a primeras horas del día, se desplazara andando hasta Jaraíz y pudo localizar al taxista del pueblo. Una vez llegaron a «La Perla del valle» (Plasencia), viendo que sin medio de locomoción propio la cosa se complicaba, Teresa y Antonio decidieron acudir a uno de los concesionarios de compra-venta de segunda mano de la ciudad y, después de observar la exposición, acordaron elegir un Mercedes-Bentz S 280 clase SE color verde metalizado.

2 comentarios:

  1. Lástima que sea en episodios (en el maremágnum de entradas es defícil coincidir o seguir a un blogero en específico), pero el texto este que leí es atractivo y bien escrito. Felicitaciones.

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    1. Agradezco tu comentario y visita. Y en vista de que pareces interesado, te voy a facilitar el enlace de descarga que te permitirá leerlo en un dispositivo digital, y en su defecto, es decir, si no cuentas con uno propio, puedes descargarte totalmente gratis la app que ofrece Amazon, simplemente buscándolo en Google o en el buscador que utilices el siguiente texto: app kindle para pc

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      Espero que disfrutes con su lectura y, si después de leerla, consideras que merece la pena darla a conoce: cuentas con el beneplácito del autor para compartirla de manera altruista con todas tus amistades y, de igual modo, estas con las suyas. Ese sería un buen precio para mí.

      Gracias por la atención y el interés mostrados.

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