martes, 9 de agosto de 2016

Capítulo III Episodio 17, Vidas Truncadas


Martes, ocho y media de la mañana, Teresa esperaba impaciente la llegada del autobús de la línea 1 bajo marquesina, mientras tanto saboreaba e intoxicaba sus pulmones con el aromático y dañino humo que había inhalado de un cigarrillo que en ese instante  estaba aplastado y restregado contra el suelo presionando enérgicamente sobre él con su pie derecho. Al llegar a la parada, el bus que pretendía tomar había efectuado su salida, estaba nerviosa porque no quería dejar a Antonio solo en casa, ya que era consciente de que la soledad era algo que él, a pesar de su edad, no había logrado superar. Llegó el autobús y, tras permanecer estacionado durante diez minutos, emprendió su marcha. Unos minutos después, Teresa se puso en pie y asiéndose con la mano derecha a la barra que en paralelo seguía la trayectoria del techo del vehículo, pulsó reiteradas veces, con el dedo índice de su mano izquierda, sobre el pequeño timbre que advertía al conductor que debía detener su marcha en la próxima parada.
   Al detenerse el vehículo, Teresa descendió y cruzó la carretera utilizando el paso de cebra, y accedió, a través de las pétreas escalinatas, al Centro Ambulatorio, Luis de Toro.
   —Hola, buenos días —saludó a los presentes, al ponerse en la fila.
   —Hola —respondieron sin más.
   Unos minutos después, llegó hasta la ventanilla.
   —Hola buenos días —volvió a saludar.
   —Hola, ¿qué desea? —saludó e inquirió, una veterana enfermera detrás de la acristalada y blanca mampara de madera luciendo sobre su cabeza, una almidonada, tiesa y pulcra cofia; escondiendo sus pequeños y redondos ojos detrás de unas gruesas lentes y dibujada sobre sus labios, una leve sonrisa.
   —Me de usted la «vez» para don Florencio Nuevo, por favor.
   La enfermera escribió un número sobre un pequeño y membrado papel, lo retiró del talonario y se lo entregó:
   —¿A qué hora empieza la consulta?
   —A las nueve y media.
   —Muchas gracias. Adiós.
   —Adiós, adiós... ¡Siguiente!
   Teresa condujo sus pasos hasta los ascensores y, una vez junto a estos, decidió acceder a la segunda planta a través de las escaleras y al llegar a la sala de espera, tras saludar a los presentes, antes de tomar asiento en uno de los bancos de madera, se acercó hasta una anciana que estaba apoyada sobre el quicio de la puerta de la consulta.
   —Hola, buenos días, ¿Por qué número va?
   —El uno está en dentro…, yo tengo el dos…,¿y usté, cuál tiene?
   —Muchas gracias, señora. Yo, tengo el cinco.
   —No hay de que hija.
   Tras ser recibida por el doctor y explicar el motivo de su visita, este le extendió un volante solicitando la analítica. Al día siguiente, a las ocho de la mañana Teresa aguardaba el turno, junto a varias personas más, en fila sobre la escalinata, esperando que a las nueve abriese sus puertas al público y poder acceder a la ventanilla para solicitar el número correspondiente para la extracción la sangre.
   —Por favor, me podría informar de ¿cuándo estarán los resultados?  —demandó.
   —Para el lunes que viene —informó el ATS.
   —Muchas gracias. Adiós.
   —¡Hasta luego!
   El domingo, por la tarde, Teresa le convenció para salir a pasear por las inmediaciones del barrio. Durante un par de horas, disfrutaron de la bonanza del tiempo, la calidez del sol y el trinar de los encelados jilgueros y, después de descansar sobre el cancho Segundo, tras recorrer los escasos doscientos metros que distaban desde allí hasta las viviendas, regresaron poco a poco hasta el hogar.
   Lo que peor llevaba al salir a pasear era el excesivo esfuerzo que requerían los cincuenta y cuatro angostos y malditos peldaños que separaban su morada de la calle, aquellos mismos que tantas veces él mismo había subido incluso de tres en tres en tantísimas ocasiones, y aunque era consciente de que ella no tenía  culpa alguna de su estado físico y psíquico, no podía evitar el gruñir o discutir por cualquier motivo, lo que contribuía a que se sintiese culpable de su forma de actuar: entrando así en un círculo vicioso del cual no se podía liberar ni siquiera un instante.
   El lunes, después de pasarse por ventanilla para recoger el número, ambos acudieron a la consulta del D. Florencio Nuevo. Antonio para entregarle los informes que le habían dado en el hospital y para que le inyectasen la dosis semanal de Pergiferteron alfa-2ª; Teresa, para saber los resultados de la analítica.
  Al salir de la consulta, se fundieron en un fuerte abrazo y agarrados de la mano salieron del edificio con claras evidencias de felicidad: el resultado de la analítica era negativo.
   A última hora de la tarde, tras dejar preparada la cena para él, tomó el autobús de las ocho y se bajó en la parada de la Puerta de Talavera y, a través de la misma calle, accedió a la plaza y desde allí condujo sus pasos hasta el club para reincorporarse de nuevo al trabajo.
   Pasaron dos meses y Antonio no entendía ni se resignaba a tener que vivir prácticamente como un anciano cuando tan solo contaba 39 años, eso le superaba, sufría por la incapacidad de dominar su rabia e impotencia, y, cualquier motivo era suficiente para que estallase el conflicto. Teresa, en cambio, trataba de convencerse de que tal vez todo fuese fruto de la enfermedad y de algún modo se sentía con la obligación de permanecer junto a él.
   El tiempo siguió cursando como si nada tuviese que hacer por nadie. Llegó el verano y con la alegría que este le propiciaba desde su más tierna infancia, logró contagiar a Teresa, el ánimo y las fuerzas suficientes para pensar que después de aquellas tempestades, por fin, salía el sol.
   A primeros de agosto en la consulta:
   —¿Ocurre algo doctor? —preguntó Teresa, al percibir el cambio tan brusco expresado en el rostro de D. Florencio, mientras este revisaba la analítica de Antonio.
   —Así es.
   —¿De qué se trata, doctó? —inquirió Antonio.
   —Según aparece reflejado en este informe el VHC se ha convertido en HCC, quiero decir con esto que, la enfermedad ha pasado a ser crónica y, eso equivale, entre otras cosas, a que hay que hacer algunos reajustes tanto a nivel de alimentación como farmacológico y esperar a ver como cursa.
   El semblante de Antonio se vio afectado como si hubiese recibido un jarro de agua fría.
   —¡No te preocupes, cariño! Verás como todo tiene solución —exclamó con la intención de alentar, Teresa.

   A partir de ese día los trastornos en el ritmo del sueño se acentuaron, alternó estados de euforia con depresión, su estado afectivo estaba bajo mínimos. Teresa intentaba no perder los nervios, vistiéndose de prudencia, haciendo como que no escuchaba los improperios que lanzaba sin fundamento alguno: los celos, al igual que la enfermedad fueron in crescendo.

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