miércoles, 10 de agosto de 2016

Capítulo III Episodio 18, Vidas Truncadas


13 de noviembre de 1996, seis en punto de la tarde, sentada sobre la cama:
   —Cariño, creo que debería avisar al médico de cabecera y…
   —T'he dicho, más de un millón de veces…, que no quiero ir a ningún sitio. Así es que déjame en paz de una p… vez —irrumpió crispado, con la mirada fuera de sí, sin dejarla terminar la frase.
   —Pero, cariño, debes comprender que no puedo verte así —razonó con voz dulce y apacible.
   —¡Así!, pero ¿cómo te atreves? —gritó con ira, apenas sin fuelle—. Cuando te fuiste, bien poco te importaba mi situación.
   —Debes entender que lo hice por tu bien.
   —¿Por mi bien, dices?
   —Sí, así es. Tan solo quería darte un escarmiento. Recuerda que yo nunca he sido para ti un problema.
   —¡Ale! Ya puedes irte dónde te apetezca —chilló todo lo alto que su ronca y gastada voz le permitía, señalando hacia la puerta de entrada con el dedo índice.
   —¡¿No te importa, verdad?! —exclamó con los ojos inundados.
   —¡¿El qué me tiene que importar?! ¡Bastante tengo con preocuparme por mí!
   —Que la mierda esa acabe no solo con lo nuestro, sino con tu propia vida —susurró tratando de hacerle entrar en razón.
   —Me da igual morirme... así descansaréis todos de una p… vez.
   —¡No puedo dar crédito a lo que dices! No te interesa nada ni nadie, ¿verdad? —exclamó, entre sollozos, sin poderlo evitar y sin salir de su asombro.
   —¡¿ Y, a quién le importo yo?! —se lamentó—. ¡Nadie me comprende!
   —Me importas a mí, cariño. Y aquí me tienes para lo que necesites.
   —Eso no es cierto. Los únicos que lo hicieron siempre fueron mis padres y ahora, sin ellos a mi láo, ¿pa qué quiero viví?
   —Me tienes a mí y a tus hermanos. ¿Te parece poco?
   —¡No me toques los cojones!, estoy más solo que la una.
   La discusión cesó bruscamente. Antonio comenzó a tener temblores y convulsiones. Teresa, aterrorizada y nerviosa, salió al rellano envuelta en un mar de lágrimas. Aporreó con los nudillos sobre la puerta de enfrente. Salió Pedro, el hijo mayor de Evaristo.
   —¿Qué pasa?..., ¿qué son esas voces? —inquirió alarmado por los gritos y el llanto.
   —Rápido, rápido —repetía angustiada—. Llama a una ambulancia que Antonio está muy mal.
   —Sí lo llevamos en mi coche creo que tardaremos menos —apuntó Pedro.
   —No, no. Llámala, llámala, creo que es mejor en la ambulancia. ¡Date prisa!, por favor.
   Tras efectuar la llamada, regresó junto a Teresa, tratando de que esta se tranquilizase.  Veinte minutos más tarde, frente al portal, se detuvo el estrepitoso y enervador ulular. De ella, se bajaron raudos el médico, su ayudante y el propio conductor. Estos llegaron al domicilio, exhaustos y sin aliento, tan rápido como les permitieron sus piernas y las angostas escaleras.
   —Hola. ¿Qué es lo que ha ocurrido exactamente? —consultó el facultativo.
   —Estábamos discutiendo, cuando de repente ha comenzado a convulsionar y hace como diez minutos que no se mueve —informó entrecortadamente.
   Tras comprobar las constantes vitales, observando que no respondía a ningún estímulo.
   —Hay que trasladarle al hospital —indicó a sus acompañantes—. Aquí no podemos hacerle nada más.
   Ante la dificultad que presentaban las escaleras optaron por asirle, el conductor por las axilas y el enfermero por los pies.
   El atardecer se presentaba triste, gélido y brumoso, algo que venía siendo cada vez más habitual tanto en la ciudad como en el mes de noviembre.
   Aquella tarde, el frío era insufrible, seco y penetrante… Era uno de esos atardeceres, en los que el crepúsculo vespertino lo invade todo en la más absoluta penumbra revistiendo en su totalidad lo que a su paso abarca la impenetrable y opresora niebla.
  La ambulancia iba abriéndose camino aullando y zigzagueando a través de la maltrecha carretera todo lo rápida que le permitía la exigua visibilidad al conductor, tratando de llegar al servicio de urgencias del hospital... En su interior, acompañado por su compañera sentimental iba delirando, tumbado y sujeto por unas correas sobre la camilla.
   Siete y cinco de la tarde.
   Al llegar al centro hospitalario, fue conducido directamente desde la ambulancia hasta la zona de triaje. A simple vista, eran evidentes y preocupantes tanto el aspecto físico como el de abandono que presentaba el recién llegado. La extrema delgadez, su demacrado rostro; su piel, al igual que el blanco de sus ojos, tenía un visible tono tan amarillento como la misma muerte…, aquellos signos aconsejaban evitar la demora en que este fuese atendido cuánto antes y, tras comprobar la temperatura, tensión arterial, frecuencia cardíaca, saturación de oxígeno... Ante la imposibilidad de comunicarse directamente con el paciente…, una joven, rubia y agraciada celadora se dirigió hasta la puerta que comunicaba con la sala de espera e inquirió con voz clara y altiva:
   —¿Algún familiar o acompañante de Antonio Hinojal Sánchez?
   —Sí, yo —respondió poniéndose en pie, Teresa.
   —Sígame, por favor
   Ambas caminaron, en silencio, a través del largo corredor hasta comparecer en la pequeña sala donde las esperaba el del Dr. García:
   —Perdone señora ¿mm?
   —Teresa, me llamo Teresa.
   —Teresa, ¿podría decirme qué vínculo mantiene usted con el enfermo?  —indagó el galeno.
   —Vivimos en pareja.
   —¿Sabe usted si es alérgico a algún medicamento?
   —No. No me consta.
   —¿Podría usted ponerme al corriente de los antecedentes? Es decir, ¿cómo ha venido evolucionando hasta alcanzar el lamentable estado en el que este se encuentra?
   —¡Sí, claro! Verá usted…, en marzo de este año, fue ingresado con unos síntomas parecidos a los que presenta ahora y le diagnosticaron hepatitis aguda…, desde hace unos días, se ha sentido fatigado, ha tenido algunas décimas de fiebre, ha vomitado y sufrido fuertes dolores en las articulaciones. Y, además de haberle salido un sarpullido por todo el cuerpo, lleva varios días negándose a comer..., y cuando orina, el color es bastante oscuro y de un olor fuerte y desagradable.
   —Y, ¿cómo es que no han acudido antes al hospital? —irrumpió el internista, con un tono áspero y seco.
   —Él, se negaba a venir —argumentó con voz clara, atenta y suave—, e incluso estando así: sus fuerzas son superiores a las mías.
   —Ya, ya me imagino… e incluso la puedo comprender; pero eso no justifica nada    —replicó y juzgó con frialdad, el facultativo.
   —Quizás para usted no lo sea, pero sí para mí, doctor. Él, me amenazó de muerte en caso de que avisara a alguien.
   Una celadora irrumpió en la sala, sin previo aviso.
   —Aquí tiene el historial clínico solicitado, doctor, ¿desea alguna cosa más?
   —No, no. Con esto será suficiente. ¡Gracias, Martínez!
   Tras un par de minutos leyendo, en silencio:
   —Bien…bien —concluyó el doctor al tiempo que ojeaba el informe—. Aquí consta que ha estado ingresado, con anterioridad, en este centro, y que en la actualidad está siendo tratado con una dosis semanal de Perginterferon Alfa-2a. ¿Sabe usted si ha dejado de inyectarse?
   —Lo siento doctor, no le puedo precisar…, posiblemente lleve una semana, aunque podría llevar algún día más…
   —¡Por Dios, que insensatez! —increpó, con voz irreverente y altiva el facultativo—. Intentaremos hacer todo lo que se pueda —dijo bajando un tono la voz, moviendo hacia ambos lados la cabeza—. No obstante, en circunstancias así: la verdad es que se puede hacer bien poco.
   Unos minutos después, concluida la exhaustiva exploración, quedó ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos.

   14 de noviembre de 1996
   Teresa había permanecido despierta prácticamente toda la noche, caminando en círculos, de aquí para allá, por la deshabitada sala de espera, actuando del mismo modo que lo haría un animal salvaje que acaba de ser enjaulado.
   La incertidumbre y el desasosiego se habían adueñado de su estado anímico. Horas más tarde, extenuada por la lentitud del transcurrir del tiempo, exacerbada por la desesperanza de sus pensamientos y la sensación de que su cabeza podría estallar en cualquier momento…, después de lavarse la cara, las manos y atusarse el pelo en el aseo de señoras que estaba junto a la sala de espera, se dirigió hacia la escalera de emergencias con  la intención de acceder a la primera planta y, tras recorrer un largo y amplio pasillo llegó a cafetería y, como si de un acto reflejo se tratase, introdujo vertiginosamente su mano en el bolso para extraer un cigarrillo, lo encendió y, como si la vida le fuese en ello, inhaló con ansiedad hasta sentir que su capacidad torácica no admitía nada más:
   —Buenos días, señora —saludó uno de los camareros—. ¿Qué va a ser?
   Teresa escudriñó en silencio cada centímetro del local durante unos segundos, tratando de situarse antes de responder, mientras se dirigía hacia el teléfono público que estaba situado al otro extremo de la barra.
   —Hola, buenos días. Sírvame un zumo de naranja, un café con leche, en taza grande, y un par de magdalenas, ¡por favor!
   La UCI, estaba ubicada en la planta Baja del edificio, justo al lado derecho de los ascensores. Estos, además de cumplir con las funciones propias, contribuían a la distribución y el acceso a los demás anexos en dicha planta. A mano izquierda, se hallaba la escalera de emergencias.
   Entre la sala de espera y la Unidad de Cuidados Intensivos mediaba una abatible y blanca puerta, y, en una de sus hojas, un cartel sujeto con cinta adhesiva:

«Atención:
¡Se ruega silencio, por favor!
El pase de visitas para la UCI y la Unidad de Neonatos será:
Mañanas de 12:00 a 12:30h.
Tardes de 16:30 a 17:00h.
Se permiten 2 visitantes por paciente y turno.
¡Gracias!».

Las nueve en punto, marcaba el reloj de pared cuando comenzó a resonar por todo el almacén un incesante y estridente ¡Ring…! Raudo y veloz como una saeta entró, en el pequeño y desordenado habitáculo, un hombre alto, delgado y desgarbado de tez blanquecina; pelo negro, lacio, corto y grasiento. Sobre su cara brillaban unos pequeños y risueños ojos marrones; sus cejas anchas y pobladas; sobre su puntiaguda nariz y sus orejas, de soplillo, descansaban unas enormes gafas de ancha montura y pasta negra  —Sus gruesos cristales hacían recordar la parte baja de las redobladas y oscuras botellas de Champán.
   —Carpintería Martínez —respondió, con voz ronca y pausada—. ¿En qué puedo ayudarle?
   —Hola, buenos días ¿podría ponerse Manuel Hinojal? —sugirió con voz trémula.
   —Sí, claro. ¿De parte de quién?
   —Dígale que soy, Teresa, su cuñada.
   —Aguarde un momento, enseguida se pone.
   —¡Muchas gracias, señor!
   Al abrir la puerta que comunicaba la oficina con la zona de trabajo, Emiliano notó, además de un molesto e incesante ruido, un fuerte y desagradable olor… Un par de segundos después, llevándose la mano derecha a la altura de los ojos, a modo de visera, barrió con la mirada todo el almacén hasta localizar al operario, y, tras dejarle un par de minutos, para que terminase de cortar uno de los enormes y rugosos troncos destinados a convertirse en tablones para las obras…, cortó la corriente de la sierra en cuestión. Manuel, extrañado al comprobar que esta había dejado de funcionar, dirigió la mirada hacia el cuadro de mandos y fue entonces cuando se dio cuenta que, el enjuto administrativo, le hacía gestos indicándole, con su mano derecha, que se acercase, que alguien le llamaba por teléfono y, señalándose reiteradamente con su dedo índice sobre el pecho, preguntó. El oficinista asintió un par de veces con la cabeza y ambos dirigieron sus pasos hacia el reducido despacho.
   Manuel era un hombre de unos cincuenta años, estatura media y corpulento. Su pelo corto, rubio y rizado hacía recordar a los estropajos de esparto. Su cara cuadrada; sus pequeños ojos, de un marrón verdoso; sus cejas claras y separadas; sus orejas pequeñas y plegadas. Sobre la derecha, llevaba un lapicero rojo. Vestía, de manera conjuntada, un peto y una camisa de un intenso azul añil y sobre su cintura, colgaba una amplia bolsa de cuero, que a su vez  estaba compartimentada en tres secciones: una para las puntas grandes, otra para las medianas y, la tercera para guardar el amarillo y plegable metro de madera.
   Al llegar junto al oficinista:
   —¿Quién me llama? —indagó intrigado.
   —Ha dicho que es tu cuñada, Teresa.
   «¿Pa que me llamará, esta?», pensó, mientras se acercaba al desgastado, negro y polvoriento teléfono—: ¿Sí?, dígame.
   Al otro lado de la línea, con voz entrecortada informó sin poder contenerse.
   —Hola, buenos días. Soy Teresa. Te llamo para informarte de que tu hermano está ingresado en el hospital; creo que será mejor que te acerques cuanto antes.
   —Pero ¿l'ha ocurrio algo? —exigió sobresaltado.
   —¡Está muy grave! —exclamó, todo lo alto que le permitió su angustiada voz—. Es todo cuanto puedo decirte.
   —Bien, bien. Ahora mismo voy, ¿en qué planta está?
   —Está en la UCI —respondió entre sollozos.
   Emiliano, intuyendo, por lo que este había escuchado, y sin querer entretenerle ni un segundo más, instó al operario.
   —No te preocupes por el trabajo, atiende lo urgente y tómate el tiempo que precises ¡A ver si hay suerte!
   Manuel salió con toda celeridad y, sin cambiarse de ropa, se montó en su Renault 19.
   Llegó al hospital nervioso y tan pálido como desesperado. —Faltó muy poco para llevarse por delante a un peatón que transitaba por el parking—. Seguidamente se dirigió hasta la sala de espera y, una vez que Teresa le puso al corriente de todo cuanto había acontecido, después de divagar y pasear sin rumbo fijo por toda la sala durante más de un cuarto de hora y, estando un poco más relajado…, una vez concienciado de que allí poco podía hacer por la vida de su hermano:
   —Voy a subí a la cafetería pa llamá por teléfono a mi mujé y a mis hermanos —dijo a la par que comenzó a caminar y, unos segundos después, se giró en mitad del pasillo.
   —Teresa, ¿te apetece un café o alguna otra cosa?
   —No. Gracias. Te lo agradezco, pero prefiero quedarme aquí, por si surge alguna novedad.
   —Está bien, como quieras. Yo, no tardaré en volvé.
   —Aquí estaré —respondió sin levantar la mirada.
   Un par de horas después, la sala de espera se encontraba desbordada; la familia de Antonio al completo se había desplazado hasta el hospital: para interesarse por su estado de salud y, al comprobar que no podrían verle todos a la vez, estos se distribuyeron por toda la estancia. Los hermanos de Antonio, fueron a tomar un refrigerio a cafetería. Allí acordaron que, en cada uno de los turnos de visita, Teresa, tendría preferencia sobre el resto de familiares —Aunque, en realidad, no la creyesen con más derecho que cualquiera de ellos.
   En la primera visita, Teresa y Manuel, a través de los cristales observaron que parecía estar sonriendo. «Quizás recordando algún momento interesante de su paso por la vida», pensaron, aunque ninguno de ellos lo exteriorizó. Mientras estos le visitaban, el resto de familiares aguardaban impacientes y deseosos de tener noticias: con la incertidumbre de si la situación actual remitiría a la normalidad…
   Además de que el tiempo, en el hospital, transcurría pesado y tedioso, se notaba cierto distanciamiento entre los presentes, sobre todo entre ella y los hermanos de Antonio. De alguna manera, con sus miradas y la exigua conversación con esta, la hacían sentir culpable de la nefasta situación en la que este se encontraba. La tensión era tal, que el menor de los movimientos inducía a tener que justificarse, ya que todos tenían la misma impresión con respecto al deterioro al que había llegado su pariente.
   Por otro lado, la información que recibían a través del equipo médico era poco reveladora, aunque sí muy preocupante: el estado era crítico, permanecía invariable y no progresaba como cabía esperar después de haberle suministrado la medicación. Y, para más INRI, los doctores no intuían cuanto podría demorarse aquella penosa situación. Eso causaba, en los familiares, gran desesperación.
    En la visita de la tarde, Teresa y Carmen, contemplaron pasar el tiempo, a través de la mampara que les separaba de Antonio, sin descanso, sin esperanzas, sin ilusiones… Mientras que, a los que aguardaban noticias en el exterior, la espera se les hacía larga, soporífera e incómoda: parecía como si el maldito tiempo hubiese decidido hacer un largo y pausado alto en el mismísimo umbral…

   15 de noviembre de 1996, visita matinal.
   Manuel y Teresa caminaban apresurados por el estrecho corredor que comunicaba con los Boxes de la Unidad de Urgencias Hospitalarias, Antonio estaba situado en el número 1. Impacientes esperaban a que algún auxiliar corriese las cortinas desde el interior… Ambos se quedaron atónitos al contemplar que además haber sido monitorizado e intubado, estaba atado a la cama.
   Teresa percibió como su cuerpo era recorrido por un vertiginoso escalofrío a la par que sintió una necesidad imperiosa de tragar saliva y, sin saber porqué, su corazón comenzó a latir como si hasta él hubiese llegado de repente el triple de sangre que de costumbre; sus piernas flaquearon y, de no haber sido por la rápida acción de Manuel, hubiese caído al suelo... Ambos se miraron a los ojos y, sin pronunciar ni una sola palabra, pudieron comprobar que sobre sus mejillas deslizaban infinidad de gotitas saladas.
   Tras recibir el impacto y recobrar la «compostura» vieron como hacia ellos se acercaba una auxiliar, portando un folio en su mano derecha, y como al llegar a su altura lo extendió y se lo mostró a través de la mampara:

  «Al terminar la visita, en el despacho que hay junto a la salida, a mano derecha, les estará esperando el Dr. García».

Sala de juntas e información a familiares 13:10h.
   —Buenos días doctor —dijeron los recién llegados.
   —Hola —respondió al tiempo que con su mano derecha les hacía un gesto invitándoles a entrar en el despacho—. Siéntense por favor. En primer lugar, les pido disculpas por no haberles informado a su debido tiempo, han surgido algunos imprevistos con otros pacientes…
   —No se preocupe doctor, somos conscientes de que en la vida hay prioridades, continúe usted, por favor —alentó Teresa.
   —Anoche, sobre las tres más o menos, Antonio vomitó sangre, algo que confirmó mis sospechas, en la actualidad el cuadro que presenta se corresponde con una encefalopatía en tercer grado. Es por eso mismo que le hemos tenido que intubar, conectar ventilación mecánica e introducirle la sonda gástrica para su alimentación. Le hemos suministrado los medicamentos habituales y, solo queda esperar a ver como evoluciona, cualquier pregunta por parte de ustedes o cambio en la evolución del paciente será atendida en esta sala, media hora antes del horario de visitas.
   —Perdone doctor, eso quiere decir que, ¿por qué está atado a la cama?
   —Discúlpenme de nuevo, se me ha ido el Santo al Cielo, el motivo de su inmovilización es debido a que tiene movimientos bruscos e involuntarios y con el único fin de prevenir males mayores.
   —Eso quiere decí que está peó y, ¿que se está muriendo? —inquirió Manuel.
   —Con respecto a lo primero es una complicación bastante habitual en estos casos, en cuanto a lo segundo es algo que no está en manos del equipo médico; pero recuerden que, mientras hay vida, la esperanza es lo último que se pierde.
   —Gracias por atendernos doctor —dijo Teresa a la par que se ponía en pie.
   —Por favor, no hay nada que agradecer, solo hago mi trabajo.
   —Adiós, doctó
   —Adios, adiós… ¿mm?
   —Manué, me llamo Manué.
   Al regresar junto al resto de familiares, Teresa por un lado y Manuel por otro fueron poniéndolos al corriente de la actualidad sin entrar en pormenores e indicándoles que solo cabía esperar… El trascurso de las horas, era tan pausado y tedioso como las ineludibles murmuraciones que llegaban hasta los oídos de quienes estaban más distantes. «Más vale que se hubiesen interesado antes por él y no estar aquí haciendo el paripé con vistas a los demás», pensó Teresa, sentada con las piernas cruzadas y balanceando enérgicamente su pie izquierdo mientras se comía las uñas desconsoladamente. Frente a ella, sentado, con los brazos cruzados a la altura del pecho, con la mirada perdida hacia el techo, con serio semblante y apretando de vez en cuando las mandíbulas, se encontraba Manuel:
   —Habrá que ir pensando en comé algo —sugirió rompiendo el silencio, Eduardo, uno de los primos.
   —Sí, asín mismo es. Tenemos que hacé de tripas corazón y seguí viviendo —concretó Carmen.
   Unos minutos después, fueron desalojando la sala de espera, unos con dirección a los ascensores y otros hacia la salida del hospital.
   A mitad de camino, Azucena volvió la mirada atrás.
   —¿No subes Teresa? —consultó.
   Esta negó de manera mecánica.
   —Prefiero quedarme aquí, ¿te importaría traerme un bocadillo cuando bajes?
   —¿De qué lo quieres?
   —Me da lo mismo, la verdad es que apenas tengo necesidad.
   —¿Y para beber?
   —Me traes un par de refrescos.
   Teresa optó por recostarse sobre el sillón, con los brazos cruzados a la altura del pecho, fijando la mirada en la puerta de la sala de reuniones e información familiar por si aparecía algún doctor… El hecho de que nadie hubiese aparecido durante la mañana la «tranquilizó» momentáneamente.
   Faltaban cinco minutos para la visita de la tarde cuando, Carmen y Teresa, se situaron frente a la puerta de acceso a la UCI. Permanecieron inmóviles y en silencio hasta que una celadora les permitió la entrada:
   —Hola, buenas tardes —saludaron con tono suave y, sin más preámbulos, pusieron rumbo a su destino.
   Al correr las cortinas, el ATS, ambas escudriñan detalladamente, en primer lugar a Antonio, y en segundo, cada rincón de la habitación tratando de descubrir si se ha incorporado algún aparato más. Tras la observación ocular ambas suspiran al comprobar que en principio todo continuaba igual. Con la mirada depositada en Antonio, ambas percibieron que el paso del tiempo en ese lugar transcurría vertiginosamente:
   —¡Virgen Santísima del Puerto! —clamó Carmen, alzando los brazos y la voz, con la mirada dirigida hacia el techo—. Te ruego, Señora mía, que conserves la vida a mi hermano… Él es joven pa morí asín de esta manera —Y, poniéndose de rodillas—: ¡Oh Señor mío! Te ruego que te apiades de nosotros —imploró.
   Teresa, envuelta en un mar de lagrimas e incapaz de contener su emoción, ayudó a Carmen a reincorporarse y de nuevo dirigieron la mirada hacía Antonio. Frente a ellas se encontraba la encargada de correr la cortina. Unos segundos después, condujeron sus pasos hacia la salida abrazadas. Los demás, al verlas aparecer se pusieron en pie angustiados y se dirigieron hacia ellas con la incertidumbre marcada en sus rostros.
   —¿Ocurre algo?..., ¿qué pasa?..., ¿cá pasao? —preguntaban unos y otros, mientras trataban de tranquilizarlas con besos y abrazos.
   —No, nada. De momento parece que todo sigue igual —sollozó Teresa.
   Se miraron unos a otros y «aliviados» por aquellas palabras fueron retornando a los sillones.
   A partir de las nueve, comenzaron a despedirse poco a poco los familiares. Desde el primer día Teresa permaneció sin salir de la sala de esperas, excepto para asearse y alimentarse. Aquella noche se quedarían, porque así lo habían acordado horas antes, junto a ella Azucena y Manuel. Poco a poco el silencio se fue haciendo dueño del lugar, la intensidad de la luz se vio reducida a un tercio: «Que mala suerte ha tenío mi hermano», pensó, lamentándose, Manuel. «Si se hubiese casado con Puerto, seguro que nada de esto había ocurrido», pensó, tratando de convencerse, Azucena. «Por favor, Señor, te ruego que no te lo lleves… Dale una oportunidad, tan solo una más Señor, estoy convencida de que sabrá aprovecharla», imploró mentalmente Teresa. Y la noche aconteció sin que estos rompiesen el silencio ni su abstracción.

16 de noviembre de 1996, a primeras horas del día.
El edificio comenzó con su cotidianidad, el trasiego de los empleados que comenzaban o terminaban la jornada laboral coincidían por los corredores con el personal ajeno que acudían a las consultas, a realizarse alguna prueba o sencillamente una extracción de sangre. Los ascensores subían y bajaban frenética-mente cargados de personal.
—Son las nueve y media, habrá que hacer por la vida, ¿no? —sugirió Azucena.
—¿Cómo dices hermana?
—Qué habrá que subir a desayunar —repitió, al levantarse del sillón.
—Sí, tienes razón —dijo poniéndose en pie Manuel.
—¿No vienes, Teresa? —consultó Azucena.
—No, no. Me quedaré aquí por si acaso, ya subiré cuando vosotros regreséis.
A eso de las diez, comenzaron a hacerse visibles algunos familiares.
—Buenos días, Teresa, ¿qué tal s'ha pasao la noche, hija? —inquirió al tiempo que la daba dos besos, Evaristo, el vecino de enfrente.
—Pues, ya se puede imaginar usted, nosotros, dentro de lo que cabe, bien, en cuanto a Antonio, la verdad es que desde ayer no hemos vuelto a tener noticias.
—Hay que armarse de pacencia hija, en estos sitios…, se sabe cuando uno viene pero no cuando uno va a regresá.
—¿Ande están Manue y Azucena? —preguntó uno de los primos de Antonio.
—Han subido a cafetería —respondió a penas en un susurro, Teresa.
—¿Teresa, has desayunao? —indagó Evaristo.
—No, aún no. Estoy esperando a que ellos vuelvan por si…
—D'eso ni hablá, hija. ¡Vamos!, acompáñame: que porque tú no comas el Antonio no se va a poné mejó, y, por si pasa argo, ya están aquí estos —indicó Evaristo, al tiempo que señalaba con el mentón hacia los familiares presentes.
La mañana continuaba su ritmo sin prisa pero sin pausas para ella misma, y angustiosa y desesperante para los amigos y familiares de Antonio, hasta que a las doce en punto vieron salir al Dr. García y observaron como este les hacía un gesto invitándoles a acercarse y sin poder contenerse acudieron en tropel:
—¿Qué ocurre, dotor?, ¿qué pasa?, ¿cá pasao? ¿s'ha muerto? ¿cómo está? —preguntaban angustiados y desconcertados unos y otros.
—Silencio, por favor —indicó el Doctor—. Sí me lo permiten y son ustedes tan amables, me gustaría que solo entrasen los más allegados, Antonio aún está con vida —informó antes de invitarles a pasar al interior de la sala de juntas.
—El motivo de mi presencia se debe a que durante la noche han surgido algunas complicaciones. La enfermedad ha alcanzado el nivel IV y hemos tenido que cambiar la medicación siguiendo las pautas según el patrón estandarizado para esta patología. Cuando accedan a visitarle podrán observar que hemos elevado la cabecera de la cama 30 grados y que, sobre su cabeza, hay una bolsa de hielo envuelta en una toalla blanca, con el fin de bajarle la fiebre y la hiperemia cerebral, ya que en la actualidad está cursando un edema cerebral…
—¿Eso quiere decir que…? —interpeló Teresa.
—Lo que ustedes ya saben: nosotros hacemos todo cuanto está en nuestras manos; todo lo demás, depende únicamente del tiempo, del destino…, y que mientras hay vida, la esperanza es lo último que se ha de perder.
—Gracias doctor, por la información y por ser usted una persona tan cercana.
—No es necesario el agradecimiento, mi profesión requiere de implicación y mucho respeto tanto para con los pacientes como para sus amigos y familiares.
—De todas maneras, muchas Gracias doctor, por ser usted como es —insistió Teresa, antes de que todos abandonasen la sala.
Aún faltaban quince minutos para poder visitarle. Teresa y Manuel, junto a la puerta, miran una y otra vez hacía el reloj de pared que está ubicado justo por encima de esta. Ambos no percibían más sonido que, el ralentizado tic tac que el condenado reloj emitía cada vez que transcurría un segundo, el maldito tiempo parecía haber hecho un alto justo en aquellos momentos que notaban como eran detenidos por la nuez sus acelerados corazones…, como si estos tratasen de abandonar sus cuerpos a través de la garganta. La rabia, la impotencia y el miedo se habían apoderado de su estado emocional y estaban al borde de sufrir un colapso, cuando fueron retornados de su abstracción por el leve chirriar que hizo la puerta al ser abierta por la celadora.
—Ya pueden pasar —indicó esta, sin más.
Cegados por la desesperación y los nervios se quedaron atónitos al contemplar que al otro lado de la mampara no había nadie…
—¡Coño! —exclamó Manuel—, ¡Jodé!, como le vamos a vé, si nos hemos pasao de ventana.
Desandaron el exceso de camino recorrido y observaron que, a excepción de los cambios que el doctor les había informado apenas media hora antes, Antonio continuaba aparentemente igual que en la visita exterior. Contemplaban la quietud de Antonio en silencio, embargados por la impotencia, cuando, de repente, alertados por el sonido de los monitores observaron que el personal sanitario corría hacia la cama. Unos segundos después, las cortinas eran cerradas sin previo aviso. Teresa y Manuel se fundieron en un abrazo y caminaron hacia la salida sin poder contener la emoción. Al verlos aparecer en aquellas circunstancias, la familia al completo se puso en pie y acudieron a su encuentro: todos intuían el motivo y guardaron silencio entre efusivas muestras de cariño.
Una hora más tarde, hizo acto de presencia el Dr. García y dirigiendo la mirada hacía la familia, caminó hacia ellos con serio semblante. Teresa le hizo un gesto con la cabeza en señal de pregunta y este asintió un par de veces, al tiempo que le ofrecía su mano:
—Le acompaño en el sentimiento Teresa —dijo y girándose hacia los demás—: Lo mismo les digo a ustedes.
—Gracias por su atención y profesionalidad, doctor —logró articular Teresa.
—En breve será trasladado a otra de las estancias del hospital, allí podrán velar su cuerpo hasta que pasadas un mínimo de 24 horas, como ordenan las leyes, acudan los del servicio funerario y se hagan cargo del cadáver, perdón, de Antonio. El acceso a las instalaciones es por la parte de atrás —informó el Dr. García dando por finalizada la conversación y el turno de guardia.
La noticia corrió por el barrio como la pólvora y, a partir de las tres de la tarde, el trasiego de las idas y venidas de amigos, conocidos, familiares, llantos, conversaciones y lloros se adueñaron de las instalaciones mortuorias. Hasta que, a eso de la medianoche, el grupo se redujo a unas treinta personas que se negaban a dejar en soledad a ese ser que durante años habían sentido tan cercano.

17 de noviembre de 1996
Los de la funeraria se hicieron presentes en la sala mortuoria, a eso de las cuatro de la tarde, y una vez introducido el cuerpo en el féretro le trasladaron hasta la capilla de Nuestra Señora de La Esperanza, sita dentro de las instalaciones del IB (Instituto de Bachillerato) Gabriel y Galán, que por aquel entonces, era la parroquia asignada al barrio de la Data. La masiva afluencia de personal desbordó la capilla y los aledaños del recinto, acudieron al sepelio para darle su último adiós, además de todos los vecinos de la Data, amigos y conocidos de los barrios de Procasa, Miralvalle, El Pilar y de los aledaños de la Plaza Mayor. Finalizado el acto religioso, a duras penas e intentando abrirse paso entre la multitud, tras descender por los cuatro, amplios y pétreos peldaños que separaban el vehículo fúnebre de las instalaciones, lograron introducir el féretro, las cosas se complicaron aún más a la hora de intentar colocar la infinidad de coronas y ramos de flores que se habían ido sumando. La comitiva fúnebre transcurrió lentamente a través del tramo de carretera N-630, que por aquel entonces dividía en dos prácticamente la ciudad.
   Al llegar al Cementerio de Santa Teresa, el sacerdote les estaba esperando a las puertas y, acto seguido, condujeron sus pasos hasta una de las galerías que estaba situada a mano derecha del Campo Santo. Los hermanos de Antonio habían acordado enterrarle en el mismo nicho que ocupaban sus progenitores. El sacerdote decidió posponer la inhumación durante unos minutos, con el fin de que estuviesen presentes todos aquellos que se habían desplazado hasta el lugar para despedir al finado.
   Estaba el albañil haciendo los últimos retoques del sellado del nicho:
   —Bueno, al menos aquí no le volverán a dejá solo nunca más —murmuró uno de los hermanos. Teresa desapareció caminando con paso firme y rota de dolor, sin que nadie se percatase: aquellas palabras las sintió como una puñalada en su dolorido corazón.
   Al llegar a la parada de la línea 1, a pesar de que tan solo eran las seis y cuarto, había anochecido.
   Una vez en casa, lo primero que hizo fue darse una buena ducha, allí bajo la humeante y reconfortable cortina de agua dejó que sus lágrimas se entremezclasen con la espuma al recordar que se había quedado totalmente sola, después de secarse el cuerpo, y el cabello con un secador, condujo sus pasos hasta su habitación y se vistió con ropas cómodas e instintivamente se introdujo en el dormitorio utilizado por Antonio, sus lágrimas corrían por sus mejillas mientras retiraba las sábanas y la funda de la almohada para depositarlas en el cesto de la ropa sucia, después, abrió el armario y extrajo un juego completo de sábanas, rehízo la cama y adecentó el dormitorio. Unos minutos después, entró en la cocina y calentó, en un cazo, un poco de leche para tomarse un tranquilizante que horas antes le había sido suministrado en el centro hospitalario y, sin más, se metió en la cama a eso de las ocho.
   Doce horas después, Teresa se levantó sobresaltada y confusa, con la sensación de que todo podía haber sido una aterradora y desagradable pesadilla. De un salto se puso en pie y corrió hasta el dormitorio contiguo, pero al abrir la puerta y comprobar la ausencia de Antonio y que todo estaba ordenado volvió en sí y de nuevo se derrumbó por completo…, aún con lágrimas en los ojos se dirigió hasta el salón, cogió una silla y regresó a su dormitorio, la situó junto al armario y se subió sobre esta y agarrando una maleta en cada mano se bajó, con sumo cuidado, de la silla y las depositó sobre la cama. Abrió el armario de par en par y comenzó a traspasar tan solo aquellas prendas que consideró imprescindibles. Tras desayunar y fregar los utensilios utilizados, se introdujo en el cuarto de baño se aseó y atusó un poco el pelo, comprobó que todas las luces estaban apagadas y que los grifos estaban cerrados, se acercó hasta el mueble del salón para recoger el primer regalo que le hizo en su día Antonio y tras recorrer con la mirada cada rincón del hogar, despidiéndose de él para sus adentros, salió de este, introdujo la llave en la cerradura dio un par de vueltas; tras enjugarse con un pañuelo de papel las lágrimas que habían brotado de nuevo, pulsó un par de veces con suavidad sobre el timbre de la puerta de enfrente:
   —Ya, vaaa —respondió Evaristo.
   Abrió la puerta y se quedó atónito y sin palabras al contemplar la escena.
   —Buenos días, señor Evaristo, ¿podría usted hacerme un último favor?
   —Sí, hija mía, uno y tos los que t'hagan farta, hija, ya lo sabes —respondió sin salir de su asombro.
   —Necesito hacer una llamada… Me marcho de aquí.
   —¿Y cómo asín, hija?
   —Sin Antonio no tiene sentido que yo siga viviendo aquí ni en Plasencia. Y, si a usted no le sirve de molestia, me gustaría que se haga cargo de las llaves del piso y se las entregue a cualquier hermano de Antonio.
   —Cuenta con ello hija, ya sabes que to aquello que esté en mis manos pués contá con ello —expresó visiblemente emocionado.
   —Bueno, señor Evaristo…, en primer lugar agradecerle por lo amble y atento que siempre se ha mostrado con nosotros y…
   —Espera hija, que t'ayúo a bajá las maletas —indicó al tiempo que tiró del pomo de la puerta.
   Unos minutos después de llegar al portal apareció el taxi en la plazuela, ambos se agacharon para asir las maletas y se situaron a pie de calle. El taxista se bajo del vehículo y, tras saludarles, abrió el maletero y él mismo introdujo el equipaje mientras que ellos se fundían en un fuerte abrazo:
   —Muchas gracias por todo y cuídese usted mucho —dijo sin poder evitar que las lagrimas se hiciesen presentes.
   —Lo mismo te digo, hija mía, y, le rogaré al Señor, pa que te de suerte —articuló conmovido por la situación.

   El taxi emprendió el rumbo, Evaristo se quedó en mitad de la plazuela, despidiéndose agitando la mano en alto hasta que les perdió de vista.

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